martes, 11 de julio de 2017

VII. La herencia - relato de terror (Serie HH)





Debes comprender que para lograr la tan deseada inmortalidad un humano puede llegar a realizar diversos actos, algunos bastante simples pero significativos como, por ejemplo, escribir un libro, acciones de buena fe que lo lleven a la historia, construir o desarrollar obras de arte memorables, pero esa sólo es una inmortalidad efímera, en realidad el sujeto muere aunque parte de él siga en el mundo.
Entonces, si existiera una forma de vivir aunque sea una segunda vida después de muerto, ¿de verdad la desaprovecharías?
Del viejo se decían muchas cosas. Un ser huraño recluido en una inmensa casa, el arquetipo de solterón con dinero. Lo que la gente desconocía del todo era la inteligencia de este personaje. Si no se casó fue porque entendía que la soledad puede llegar a ser la mejor compañía. Gustaba del silencio y de ser tacaño. De joven trabajó bastante duro y se fue metamorfoseando en un ser conocedor de las finanzas, un experto manejador del dinero. Aprendía como un condenado, y no se le escapaba nada. Ganó mucho y al mismo tiempo perdía varias cosas que un humano no debe perder: la alegría, y las ganas de salir y conocer más allá de los libros.
Mientras envejecía, su humanidad decaía y sólo buscaba agrandar su ya imponente fortuna. En su enorme mansión acumulaba torres de libros que leía religiosamente día y noche. Sólo una criada trabajaba para él, la misma realizaba todo el aseo y las comidas. Cabe mencionar que, por si fuera poco, tenía que recordar al viejo cuando ya era hora de comer o de lo contrario éste no se daba cuenta que su estómago pedía alimentos. Prefería alimentar su cerebro.
Por aquél entonces aún se miraban —aunque ya rara vez— mercaderes en sus carrosas jaladas por un par de caballos. Ya algunos habían tocado la puerta del viejo antes, pero nunca transportaban cosas enserio interesantes, pero un buen día se topó con uno que llevaba algunos libros. El hombre, cuando su sirvienta le avisó el hecho, dejó su lectura y bajó a toda carrera. Nunca antes había visto esos libros, y se limitó a leer o a preguntar de qué iban unos pocos, al final compró todos. El mercader insistió en que algunos libros necesitaban ser acompañados de talismanes y objetos con energías positivas; el hombre comprendía de aquello, había leído ya algunos volúmenes que hablaban de objetos que contenían una especie de misticismo, desde energías hasta cualidades curativas. Los compró también sin reparar en si era un engaño del mercader para vender un puñado de piedras, collares y cosas que no se le vendían.
Como fuere, lo interesante era el botín de libros, la mayoría bastante viejos escritos en papel amarillento y apergaminado, cocidos a portadas desgastadas. Él sabía que, al igual que en las personas, entre más antiguo era un libro podía, con seguridad, contener más sabiduría e importancia.
Los chismorreos de la gente pueden ser o una incómoda verdad, una verdad modificada. O una rotunda mentira. Se susurraba en las calles del pueblo que el viejo fue absorbido por una especie de magia oscura proveniente de los libros que consiguió del mercader, su sirvienta era la que más se atrevía a asegurarlo. Decía que los libros lo habían consumido casi por completo; poco comía y le dejó de importar el dinero casi en su totalidad. Pero eso era lo de menos. La mujer, decía, comenzó a escuchar cosas en toda la casa, ver sombras de refilón que iban y venían, y, al parecer, el viejo hablaba solo o, muchos decían aderezando quizá la historia, con seres de otro mundo o demonios. Como fuere, murió al cabo de un año desde que adquirió los libros.
Su muerte avivó más las historias sobre el viejo, pero las mismas se quedaron sólo para asustar a los más débiles. Poco a poco la gente se fue olvidando del personaje hasta que cierto día, pasado otro año, llegó al pueblo una pareja joven, recién casada que justamente estaba ahí debido a la llamada del testamento del viejo. El muchacho era su sobrino, su único familiar además de su hermano menor al cual no dejó ni una mota de polvo de su enorme casa.
Se le hizo raro a todo mundo que el viejo haya dejado su fortuna a un joven que no era del pueblo, lo cual significaba que poco o nada lo había visto en el pasado. Para ser sinceros, todos creían que la última voluntad del amargado tipo iba a ser que enterraran todo su dinero con él.
Cuando se le preguntó al joven, porque claro nadie se aguantó sacarle la verdad, él mismo anunció que le había sorprendido que su tío rico le hubiera dejado la fortuna, no parecía algo lógico de ninguna manera, aun así había utilizado dinero del viejo para su boda y para marchar hasta el pueblo donde la vieja casa era suya junto con otro puñado de tesoros. No parecía haber mayor misterio.
A decir verdad, la joven pareja se fue acoplando bastante bien a la rutina de un pueblo sin mucho que ofrecer. Salían a pasear a los parques, socializaban con quien así lo quisiera y consiguieron varios amigos en poco tiempo. La gente se dio cuenta que el sobrino no tenía nada que ver con el amargado tío que había permanecido recluido hasta el final de sus días.
Los amigos de la joven pareja le comentaban a menudo, y más cuando eran invitados a la mansión, todo lo relacionado con el viejo occiso y la leyenda que se había construido sobre él. El desenfadado joven estaba tan agradecido con su tío por haberle heredado una gran fortuna que tomaba las historias como simples cuentos exagerados que, si bien podían atraer a cierto público, no tenían la mayor relevancia en él.
Aunque no le atraían las historias de su tío fallecido, un día dio con esos misteriosos libros de los que la gente hablaba. Ya había vendido un gran número de ejemplares importantes, le estorbaban en su casa y, aunque al inicio quería dejarlos todos para honrar a su amable tío, se dio cuenta de que ocupaban espacio útil, y más porque pronto tendrían a un nuevo miembro en la familia: su esposa estaba embarazada y la felicidad de ambos estaba desbordándose.
Pero esa decena de libros viejos era interesante tanto por las historias como por su forma. El hombre poco o nada sabía de libros a decir verdad, pero incluso él entendió la importancia de esos volúmenes. Los liberó del ático donde estaban en un baúl y los colocó en su sala. En el baúl, además, encontró ciertas baratijas que le parecieron bonitas; monedas, collares, pulseras, guardapelos, piedras, anillos… No parecían muy caros pero eran bonitos.
Liberar esas memorias de su tío fue un error que al inicio no comprendieron del todo. Sabían que algo raro comenzó a sucederles desde ese día, más no el por qué. Comenzaron a vislumbrar una especie de sombra que aparecía de repente, rondando en toda la casa. Desaparecía casi al instante pero poco a poco cayeron en la cuenta de que ninguno de los dos se lo imaginaba. El joven, entre razonamientos parte lógicos y parte descabellados, supuso era el fantasma de su fallecido tío.
Temía que hubiera regresado de su tumba, molesto por que su sobrino, al cual amablemente le había dejado la fortuna y la casa, se hubiera deshecho de su tesoro más importante según los pueblerinos: los libros, sus amantes de papel, letras y conocimientos. Sin embargo, no estaban totalmente seguros que la presencia fuera su tío, ni que estuviera enojado, en realidad, si de algo sobrenatural se trataba, era indefenso más allá de causarles leves sustos de vez en cuando. Con todo se acostumbraron a verlo.
Un día el joven salió al pueblo a caballo en busque de algunos víveres, su esposa se había quedado en cama, no faltaba mucho para que diera a luz. Cuando pasó frente de una cantina, un hombre gordo y feo le salió al paso con un ceño que delataba su furia.
—¡Te atreves a pasar por aquí después de lo de anoche! —le gruñó—. Menudo lío armaste. Me debes una buena pasta.
—Discúlpeme, buen hombre —respondió con toda la cortesía que era capaz de dirigirle a un tipo como aquél—. Creo que me está confundiendo. Toda la noche me la pasé en mi hogar, la vieja mansión.
—No, usted es famoso en el pueblo, el sobrino del viejo, es difícil de olvidar su rostro a pesar del tiempo.
—Mire, parece ser que busca sacarme algo de plata. Si yo hubiese hecho todo lo que argumenta, lo pagaría sin problemas, pero quienes me conocen saben que no soy de salir solo a beber y menos en un lugar como el suyo —dijo buscando ofender al hombre aunque sin sonar del todo maleducado—. Si me disculpa, debo seguir en lo mío. Que tenga una buena mañana.
—Maldito, dejarás de ser familiar del viejo.
A regañadientes, el tabernero dejó pasar al joven.
Esa fue la primera vez que le ocurrió un incidente en el cual lo vieron a deshoras, pero no el último. No pasaron ni dos días desde su enfrentamiento con el tabernero cuando una mujer le cerró el paso cuando él y su esposa paseaban por un parque del pueblo. La desconocida, una joven de veintitantos, de porte elegante y bella figura, estaba molesta hasta lo indecible.
—¡Pirujo! —le gruñó—. Eres un poco hombre, mi señor. Prometiste dejar a esa suripanta por mí. Ella es viaja, dijiste, y me conquistaste en una noche, así, con promesas vacías —continuaba con algunas lágrimas en los ojos.
—¿De qué demonios hablas? —preguntó el joven con el ataque de una sensación de deja vú a cuestas—. No te conozco, mujer. No sé si me confundes o esto es una treta para sacarme dinero. Si es la segunda, ruego que desistas porque si mi familia aporta algo es a los pobres y hambrientos, tú, en cambio, pareces ser de buena cuna.
—Claro, mejor cuna que la tuya. No necesito tu dinero. Me prometiste amor, algo que ya me habían prometido y a cambio me diste, como los otros, mentiras que creí como la idiota que siempre he sido. No, buen hombre, sólo quería que esa supiera la clase de hombre que eres.
—No lo creeré —arremetió la esposa que hasta ese momento, espantada, había sido una mera espectadora al igual que algunos otros que, disimulando o no, llegaban hasta ese punto para rescatar algo de la discusión y así tener algo de qué hablar más tarde—. Mi marido ha estado conmigo noche tras noche, de lo contrario me hubiera dado cuenta. Así que haznos el favor de regresar por donde viniste, mujer, y métete en tus propios asuntos.
La otra, furibunda, deseaba estallar y, quizá, asesinar a ambos ahí mismo, pero no era una mala mujer y al ver el avanzado embarazo de la mujer, se desistió, dio media vuelta y desapareció.
La mente del joven se fue ocupando por esos asuntos extraños y únicos. Nunca antes, en su ciudad natal, lo habían confundido. Se había mudado a un pueblo que, aunque más pequeño, era grande de igual manera y dudaba que existiera un hombre lo bastante parecido a él. Sería, pensó, muy curioso tener a un gemelo perdido o una especie de doble. Era ridículo imaginarlo, sin embargo cuando llegó la tercera vez, al siguiente día, en verdad se asustó.
Esa vez un hombre tocó a su puerta, molesto como los anteriores.
—¿Diga? —preguntó el joven.
—Ayer, por la noche, me fueron hurtados algunos libros y según testigos a quien he de agradecer esa gracia es a usted, buen hombre. Si tanto dinero presume que tiene, no entiendo por qué no compró sus propios ejemplares.
—¿Yo? A mí ni siquiera me gusta la lectura, buen hombre. No comparto esa afición con mi fallecido tío.
—Tal vez los informadores se equivocaron, si es así, le doy mis disculpas. Pero no sólo fue una persona quien me dijo, fueron varias. Según ellos, pasó por el barrio sin ocultarse, como presumiendo su fechoría, con mis libros en las manos.
—Si gusta —dijo ya el joven, irritado— puede pasar a mi hogar y revisar que todo está en orden. Los pocos libros que tengo eran de mi tío, ya vendí la mayoría.
—Sí, incluso yo compré algunos. Pero esos ejemplares eran únicos, su tío siempre deseó comprármelos y siempre me negué. Aceptaré su atenta invitación de ingresar a su hogar.  
—Perfecto, buen hombre. Pase, pase que el frío se acentúa fuera —le decía mientras realizaba un ademán insistente.
El hombre ingresó, decidido a revisar hasta el último rincón de la mansión si con ello encontraba evidencia de que el hombre era un ladrón. Tras de él la puerta se cerró sin hacer demasiado ruido pero algo, una voz interior o la intuición de alarma que todos poseemos, le dijo que había cerrado así también su sentencia.
Y no era para menos. En la mansión se sentía una vibra pesada, como si todas las historias macabras sobre el antiguo dueño fueran realidad. Algo no estaba bien en el lugar, pero su anfitrión caminaba muy en paz, inclusive silbando alguna pegajosa melodía.
De fondo comenzó a escuchar música clásica y una luz clara se filtraba por los enormes ventanales de la sala principal donde se encontraba un salón que antaño había sido la librería más grande del pueblo.
El señor deseó huir al ver a la mujer del joven muerta en mitad del recinto. Vestía de negro y la sangre mancillaba cualquier rastro de belleza en ella. La habían cortado en trozos, como si fuera un cerdo. Tenía tanto los brazos como las piernas abiertas, y de estas sobresalía un bulto sanguinolento que, de no haber sucedido la tragedia, se hubiera convertido en un perfecto bebé.
Alrededor del cadáver había un montón de inscripciones, algunas veladoras, objetos que, ante los ojos de cualquiera, eran baratijas y algunos libros abiertos a conciencia en la página adecuada. La sangre de la mujer manaba en finos hilos hasta ellos.
—Es irónico y extraño —comenzó el joven con una pacífica voz, como si su esposa y su nonato no estuvieran tirados en el suelo—. Sí. La muerte da vida. ¿Sabe? Pero es difícil lograrlo, incluso alguien como yo. Yo, que estudié años y años. ¡Ah! La vida, creo que es incluso más extraña que la muerte, ¿sabes, viejo amigo?
—¡¿Qué has hecho?! —espetó cuando al fin consiguió respirar—. ¡Monstruo!
—Nada de eso, viejo amigo. Los monstruos son más aterradores que un mortal que ha conseguido un favor del Reino Incomprendido. Un pequeño favor a cambio de una vida. Sí, una vida fuera de pecado. Una vida original, prístina. Ahora, temo que tus días han terminado. Pero no te preocupes, a veces la muerte es mejor que la vida, pero no se disfruta igual.
Lo que siguió a esas palabras debe estar claro. El hombre no se convirtió en un asesino, a pesar de lo descrito. Su secretó se encerró tras las paredes de la mansión la cual se creyó abandonada desde ese día, mas aseguro que él está ahí, feliz, disfrutando de una vida que no es suya, aunque el dinero si lo fuera. Pero ya no es como antes, reservado, siempre con las narices sobre un libro, escuchando música clásica en su tibio hogar. Ahora sale a fiestas, bebe, folla como poseso y de vez en cuando conquista a las jovencitas. Disfruta una vida que no tuvo viviendo como parásito.   


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