lunes, 5 de junio de 2017

V. Mi amigo el árbol - Serie HH


Relato en vídeo (narrado):




No puedo mostrar mi rostro a la ligera, porque es de verdad horroroso y está de más en nuestra corta vida obligar a nuestros ojos apreciar un arte del grotesco como ese. Antaño, sin embargo, estaba sustituido por una belleza sin parangón, de rasgos duros, varoniles, perfectos y hermosos. Cuando joven, era de los más atractivos de estos lares, sino es que el más. Por ello mujeres no me faltaban y mujeres era lo que deseaba más que nada, incluso más que aprender o trabajar sobre y para la vida. 

Un día yo y una de mis tantas acompañantes buscábamos algo de entera tranquilidad y privacidad, situación difícil de encontrar en el pueblo, y mucho menos en casa de mis padres. Lo único que se me ocurrió fue buscar un apartado en el inmenso bosque que ofrece rincones perfectos para pasar gratos momentos sin ser irrumpidos más que por el trino de aves y el cuchicheo apacible de otros animales. No sufrí en convencerla, ella lo que deseaba era tenerme a solas; el más grande trofeo para cualquier mujer. 

Tardamos un poco en encontrar un lugar perfecto y agradable, además de suficientemente lindo para la ocasión. Era un claro en mitad del bosque, un espacio amplio recubierto de corto pasto color esmeralda ceñido de achaparrados árboles desnudos que a su vez los rodeaban cientos de flores de distintos colores y variopintos aromas. Sólo había un raro árbol en medio del claro; no muy grande, parecía tener una forma humana, dos raíces la hacían de piernas y dos ramas de brazos, además de una cabeza de mata verde. Era como si estuviera en cuclillas y tratando de apachurrar algo con fuerza, con todo el cuerpo de madera maciza. Era un asiento perfecto. Sobre él nos pusimos cómodos mi compañera y yo. Allí platicamos, nos conocimos y, como era de esperarse, terminamos en un huracán de cariños y besos.

Amigo, el lugar era perfecto para relacionarse con una dama. La belleza del sitio, el cielo azul que se colaba entre las copas de los árboles, el olor fresco, las mariposas… Cualquiera que hubiera encontrado un rincón así quedaría fascinado al instante aunque si hubiera llevado una buena compañía como la mía todo el esplendor se relegaba a segundo plano. 

Me gustó tanto el pequeño y escondido claro que no tardé en llevar a otra acompañante, luego otra. Amaba el lugar. El pequeño árbol era el único que conocía cuánto hacía allí. Mi cómplice. Desde la primera vez que me senté sobre su regazo sentí como si me observara. Comento, parecía una persona y quizá mi imaginación quería jugar sucio. Como sea, era mi amigo; no le contaba mis secretos amorosos, lo incluía en ellos. 

La última vez que me interné en el claro, esperando que fuera otro día igual a los pasados, había citado a mi novia en turno a la hora del crepúsculo. Por problemas con mi antigua relación, llegué un poco tarde, el páramo ya estaba cubierto de total oscuridad la cual solo era atenuada con mi lámpara de aceite; la luna no podía competir contra las densas copas de los árboles. Al llegar, el claro estaba iluminado y me fue fácil ver a dos personas. Mi novia estaba abrazada de un tipo que en un inicio no distinguí. Busqué un ángulo desde donde podía ver la cara del desgraciado mientras me ocultaba con maestría, cuan gato asechando a su presa. 

Hubieras visto mi cara de sorpresa al descubrir quién bañaba de besos y caricias a mi novia. No era otro más que yo mismo. Otra cosa no cuadraba en la escena, justo donde estaba mi otro yo debería de haberse encontrado un árbol achaparrado, mi amigo el árbol. 

Algo fuera de lo común sucedía. Salí de las sombras para averiguarlo, pero me quedé paralizado por completo al ver cómo delgadas ramas color piel se le incrustaban en el cuerpo a la bella mujer. Los gritos que profirió aún se escuchan en lo profundo del bosque. Con seguridad sufrió uno de los más horrendos dolores que alguien pudiera sentir. Mi otro yo comenzaba a recuperar la forma de un árbol, sin embargo el rostro no desapareció en lo alto del tronco.

Traté de reaccionar, mover una pierna y huir del claro. No quería ver cómo el árbol asesinaba a mi novia. Pero vi todo; le clavó varias de sus ramas y luego la elevó hasta su follaje donde ella desapareció entre un montón de hojas que se bañaban paulatinamente con su sangre roja, como si fueran meras navajas rematándola.

Era difícil descongelarme. Su rostro, mi rostro, se volvió a mí cuando terminó de engullir la presa, y habló con una voz rara, propia de un monstruo; fría y no muy clara, como si se ahogara. Me dijo que si no le daba mi escultural rostro, con el cual podría atraer a miles de víctimas más por el resto de la eternidad, me comería en ese instante. El terror me invadió, por ello accedí. Me acerqué a él temblando y sólo recuerdo que sus ramas se acercaron sin perder tiempo, y con algo de clara emoción, a mi rostro. Luego nada, me desmayé y desperté con un nuevo rostro. Lo odio, ¿sabes? Es tan horrible que todos me temían y temen, a ello se debe que lo oculte con este burdo vendaje. Por ello no salgo del bosque, aquí nadie aprecia esta obra creada por un ser que aún no termino de comprender. 




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