lunes, 22 de mayo de 2017

IV. Camino - Relato de terror (Serie HH)


Relato en vídeo (narrado):






La razón de por qué escribo esto es simplemente para darme cuenta, con palabras, de todo lo que ha acontecido en mi vida en estos últimos días. No es una carta de despedida, ni mucho menos. Todo transcurre con una lentitud agónica. Sé que mi fin está cerca pero no llega y es lo que más me entristece. He sentido dolor todos estos días, miedo, terror… lo he sentido a él.
Antes de esta maldición yo era un niño como cualquiera, ahora siento que todas estas penurias me hicieron convertirme en un hombre atormentado, seguido de cerca por un fiel representante del dolor.
La locura que hoy me embiste parece más bien una pesadilla imposible. Nunca fui paranoico y me imaginación tenía las limitantes de cualquier niño. ¿Pero qué pasó? Recuerdo bien el inicio de mi tormento y, por más que lo analizo, me doy cuenta que sí, que fue culpa de ese camino cruzado. Jamás antes lo había visto, no estaba  consiente siquiera que esa parte del pueblo existía, una de verdad oculta, pero entre una y otra cosa terminé ahí.
Jugaba con un amigo a las escondidas; adentrarse al bosque es algo peligroso para niños como nosotros pero en ese momento lo único que yo deseaba era no ser encontrado, o ser el descubridor del mejor sitio para esconderse. Tampoco era que hubiera perdido totalmente la racionalidad, mi idea original era esconderme en el lindero de un brazo del bosque que se metía hasta donde jugábamos. No había demasiado peligro de perderme.
Caminé entre árboles mientras mi amigo contaba con los ojos cerrados. Pero, sin darme cuenta, di con el camino. En realidad eran dos caminos que se cruzaban perfectamente, rectos ambos y en diagonal. Donde se tocaban había una especie de monumento de mármol del que sobresalía un enorme árbol que daba sombra a la mayoría de estos caminos empedrados. Nunca antes había visto ese sitio y a primera vista el árbol se me hizo desconocido: era distinto a cualquiera del bosque, no muy alto pero sus ramas se alargaban y su tronco era tan grueso como el que más.
Suponiendo que en realidad esa parte del pueblo no tenía nada de diferente ni de magnifica, comencé a andar por uno de los caminos, eso sí, despacio; al final de éste se abría una oscuridad casi imposible y me dio miedo, pero tampoco me detuve. Me asusté cuando distinguí que por el camino adyacente, no muy lejos, otra persona se acercaba a mi paso. Era un efecto extraño, casi como el de un espejo. Caminábamos con incertidumbre aunque le dediqué una sonrisa amistosa, parecía como de mi edad y, por más que se acercaba busqué paralizarme: era yo. No me detuve a cerciorarme qué tipo de efecto era aquél, uno fantástico. Era igual a mí, pero estaba casi desnudo, lo tapaba un simple taparrabos, y su piel —mi piel— estaba llena de heridas de donde manaba sangre, tenía partes cercenadas y le faltaba un ojo. Me aterré al descubrir el horrible cuerpo y me dediqué a correr sin voltear atrás, el pánico me inflamaba el racionamiento.
La oscuridad era producto de altos árboles que se encorvaban hasta formal un dosel que impedía la entrada de la luz natural del sol. No miré el camino bajo mis pies pero continuaba, sentía su limpio empedrado. Cuando el miedo pudo más que mis ganas de seguir en esa dirección, no encontré más remedio que virar y andar hasta donde mi amigo, seguro, ya me estaba buscando. Cuando me di vuelta, topé con una barrera de árboles similar a la que iniciaba en el punto donde estábamos jugando. La atravesé, curioso, dejando atrás la lobreguez antinatural. Creí que me había desviado del camino principal mientras andaba a tientas en las tinieblas. Sea como fuere no me topé más con el camino cruzado ni con el niño parecido a mí.
Seguí jugando y olvidé el camino, lo relegué paulatinamente a una especie de sueño, de algo que carecía de la suficiente importancia como para dejarlo instalado en mi pensamiento, dejarlo que me perturbara. Era un niño, no podía meditar o saber que aquello que me ocurrió era extraño hasta cierto punto. Pero fue sólo la mecha que incendió todo lo que me ocurrió más tarde.
Me gustaba jugar libremente fuera de mi hogar. Me desagradaba estar encerrado; amaba el aire que le robaba al bosque con cada respiración, el cielo azul y puro lleno de nubes, los olores de las chimeneas, los lejanos cánticos de las voces de la gente al pasear por ahí, los animales que eran tan libres como yo.
Corría rumbo a mi casa, la hora de comer se había llegado. No me di cuenta de que me adentraba a una oscuridad extraña, que nacía de ningún lado: allí no había árboles y el sol seguía brillando. Me quedé paralizado cuando distinguí a una persona alta ataviada de blanco frente de mí, cargaba con un látigo. Me dedicó una sonrisa llena de dientes amarillentos y fue cuando me di cuenta de que era un hombre feísimo con una mirada llena de locura, cicatrices por la piel que se le alcanzaba a ver. Alzó el látigo y me lo arrojó. Cerré los ojos, espantado, me había quedado paralizado y esperé el golpe sin más.
Al abrir los ojos me percaté de que seguía en el camino a mi casa. Imaginé toda la escena. Nada había sido real. Era como estar inmerso en una pesadilla, despierto. Ante aquello no supe cómo reaccionar. Seguía petrificado, con el corazón trabajando a toda máquina y mi respiración agitada. Miré en todas direcciones esperando encontrarme al tipejo del látigo, lo único que vi fue a un señor mayor paseando a su perro, una lejana carreta jalada por caballos, y una joven que acababa de salir de su casa. Yo seguía parado, congelado, con cara de espanto. Cuando me percaté de que con seguridad esa posición era ridícula incluso para un niño, seguí andando despacio, precavido, observando como maniaco a todas direcciones.
Los dolores que sentí llegaron de repente. El látigo, a fin de cuentas, me había acertado en la barriga y en la espalda. Caí al suelo lleno de dolor, sofocado. Nunca antes había sentido algo tan horrible. Esperé ver, tras de mí, al hombre de blanco y por una fracción de tiempo lo vi, sonriendo, con el látigo bien sujeto. Lo alzó y me cubrí, preparado. Otro latigazo que acertó en mi espalda. Grité de dolor y un vecino me pudo ver. El amable hombre, preocupado, corrió hasta donde yo estaba y me levantó.
—¿Qué te pasa, niño? —me preguntó, asustado.
El dolor gobernaba mi cuerpo. Las palabras no salían, se escondían. Sentía fuego en mi espalda, y temía al hombre del látigo. Deseé advertirle al afable vecino sobre ese personaje, no pude. El tipo me levantó y me llevó cargando hasta mi casa. Mi padre lo recibió y al verme se alteró. Ambos me llevaron a la cama y ahí me dejaron. Debido al dolor y a todas las extrañas escenas que había vivido caí inconsciente.
Al despertar me dolía todo el cuerpo y ninguna extremidad respondía mis órdenes. Estaba amarrado con cadenas a una mesa de madera. El hombre de blanco me miraba y sonreía, extasiado. Giraba una enorme palanca para así estirarme piernas y brazos. Sentía que en cualquier segundo se iban a desencajar del hueso. Grité de dolor mientras el feo tipo se reía y dejaba caer baba asquerosa.
—¿Qué te pasa, hijo? —me dijo mi papá.
De repente estaba de nueva cuenta en mi habitación y mi padre había sustituido al hombre de blanco, lo cual me regaló un instante de relativa paz. Al fin pude liberar brazos y piernas de las cadenas. Me podía mover, pero eso no significaba que el dolor se hubiera marchado.
—Me duele. El hombre de blanco lo hizo.
Me tocó la cabeza y negó. No tenía fiebre ni nada parecido. Me revisó el cuerpo, pero todo estaba en orden, sin embargo el dolor de los latigazos así como el de las cadenas sobre mis extremidades seguía latente, punzando.
—Más tarde llegará el doctor, hijo, quiero que te revise. No parece que tengas algo anormal, ni una enfermedad, pero tu padre sabe muy poco de estas cosas. Por el momento descansa.
Cuando estuve a punto de gritarle que no me abandonara, algo me cerró la boca y volví a estar atado. Mi padre salió de mi habitación al tiempo que regresé a la oscuridad. El hombre horrible me miraba de cerca y me tapaba la boca.
—Los hombres no gritan —me dijo con una voz amarga que, aunque llena de baba, era seca.
No podía moverme, las cadenas me seguían atando a las esquinas de la enorme mesa de tortura. El sujeto cargaba un recipiente, del cual salía humo. Dejaba caer su contenido, gota a gota, sobre mi estómago. Sentía cada perlita de ese líquido como si me pegara un carbón. No podía gritar, su mano me presionaba la boca, sentía su sabor asqueroso, a podredumbre.
De repente, lleno de dolencia y miedo, me di cuenta de que seguía en mi habitación. Sudaba y, ya que me podía mover, presioné mi estómago y busqué las marcas de fuego pero sólo me topé con un dolor invisible. Las visiones eran tan reales como lo que podía sentir. Me estaba desesperando, quería que se detuvieran, no iba a aguantar por mucho tiempo la incesante friega del hombre de blanco, ni verlo en una realidad superpuesta a la mía.
Me quedé atolondrado sobre mi cama, agitado y sudando a chorros. Pensé en la razón de esas raras visiones y sólo acudió a mi mente el camino cruzado. Era un niño pero comprendía que toparme con esa zona que jamás antes había descubierto podía ser algo tan anormal como las visiones en sí. Y me había visto, sí, como en un espejo vi un doble mío lleno de marcas y heridas; tenía sólo un calzón cubriendo mis partes íntimas, pero todo el resto de la piel presentaba heridas de diversas índoles, como si ya hubiera pasado por todo lo que pasaba en el agónico presente.
De rato, entró mi papá acompañado del médico. Me quedé paralizado al ver la figura en blanco de un hombre alto que tenía tapada la boca. Sus ojillos de rata me miraron detenidamente y me corazón se atenazó de cobardía.
—Es mejor que nos deje a solas un momento, lo llamo luego de que haga una revisión completa —le dijo a mi padre.
—Muy bien doctor, ya regreso.
Salió dejándome inmune ante el hombre de blanco el cual cargaba un maletín viejo y desvaído.
—La realidad es complicada —me dijo mientras colocaba el maletín sobre mi estómago y lo abría con sumo cuidado—. No sabes en lo que te metiste, niño. Por desgracia ya no podrás salir a menos que sobrevivas a los dolores por un año.
—¿Por qué me haces esto? —le pregunté, espantado.
—Yo no te hago nada. Lo que sucede es complicado de explicar, no lo entenderías.
Sacó un frasco oscuro, lo destapó y al instante un hedor invadió la habitación. No estoy muy seguro a qué olía aquello pero me fue atontando y me dejé llevar por el sopor.
Cuando desperté el doctor ya no estaba. Por un buen rato creí que todo lo que me había sucedió hasta el momento pertenecía sólo al mundo de los sueños y no a una horripilante realidad llena de dolor. Me quedé cómodo, respirando algo de libertad y estuve a punto de levantarme y salir a jugar cuando volví a ver a ese ser alto, el doctor, riéndose a lo lejos, cargaba con una jaula ocupada por un ave negra similar a un cuervo pero más grande y fea. La liberó y el animal voló en mi dirección con su pico en alto, listo para a tacar, y lo hizo. Su pico era tan afilado como la punta de una flecha, y disfrutaba encajándomelo. Una y otra vez. Por todas partes. En mi carne más sensible, en las partes duras de mi cabeza, en los ojos. La sangre salía a chorros, yo gritaba atiborrado de dolor. Me desesperaba estar consiente, mientras me atacaba, de que iba a morir.
Me dejé caer al suelo, me arrastré tratando de apartar al pajarraco con mis manos, desesperado, sin conseguirlo. Así, sufriendo como estaba, sentí como la realidad volvía a mí. El dolor no se marchaba del todo y el miedo no lo hacía. La habitación estaba sola, y me animé a levantarme y comprender que esas visiones iban a continuar hiriéndome, aunque sólo fueran eso: mentiras que engañaban mi mente para que me causara dolores como jamás había sentido.
Estaba dentro de una prisión mental y no sabía cómo liberarme. De la nada llegó a mis pensamientos la imagen de ese doctor que me atendió el cual, si no era el mismo que me causaba el dolor, algún protagonismo en los hechos tenía. Salí llamando a mis padres, pero no los encontré. Salí a las calles del pueblo y no había una sola alma.
—No hay escapatoria —me dijo el sujeto desde lejos, venía hacia mí con su látigo—. Nadie escapa del dolor. De la tortura. De la miseria. Seas un niño, un viejo o un hombre de gran fortaleza. Llegaste a mi mundo, y mi mundo no es verdad, al igual que el tuyo.
Decía con frialdad. No era un monstruo, de eso yo estaba consiente, pero generaba en mí un pánico superior a cualquier ser sobrenatural que hubiera existido fuera o dentro de mi mente. Alzó el látigo y traté de correr, una barrera de piedras y ramas me lo impidió, estaba atrapado. Sentí sus latigazos lamer mi piel, era un dolor horrible al cual tardé en acostumbrarme. En realidad, ¿quién se acostumbra a aquello? Yo lo hice, al final para mí el dolor era cotidiano como para ti lo es comer.
Estaba atrapado y por más que busqué huir del sitio gobernado por el hombre de blanco, jamás pude. No vale la pena relatar todo el año completo que pasé a la merced de torturas inenarrables. Al tipo se le ocurrían diversas y variadas, a veces bastantes imaginativas, formas de causarme dolor en todas y cada una de las partes de mi tierno cuerpo. Utilizaba fuego, agua, me enterraba vivo; me subía a lo alto, me quitaba mis intestinos con suma delicadeza para ponérmelos posteriormente lo cual era igual de doloroso. Y luego, desaparecía y me dejaba solo completamente, buscaba a mis padres, buscaba comida, una solución a mi desorden mental, porque eso debería de ser ya que, por más heridas, mutilaciones y dolores que el tipo me causaba, no se formaba en mi cuerpo ninguna señal de daño. Los mejores momentos eran cuando me desmayaba, de esa manera no sentía. Y en más de una ocasión creí que mi muerte estaba cerca o que, en definitiva, estaba muerto, pero, por desgracia, no era así.
Fue un tiempo horrible que ahora parece mentira. Pero sigo viéndolo, en sueños o como realidad. Por eso relato esto, para que sepan porqué he de morir. No es un suicidio como tal, necesito desprenderme de este mundo y sólo así me desprenderé del suyo por completo porque, a pesar de que escapé, no lo hice del todo y poco a poco vuelvo a sus garras.
Me llama.
Volviendo a la historia, descubrí el camino cruzado buscando sin detenerme, como un loco, hasta que pasado un año de mi ingreso a la locura, di con él. Sin perder tiempo, caminé por uno de sus cruces y logré ver como mi otro yo, pulcro, feliz, animado, un niño que acababa de jugar con su mejor amigo, venía del otro lado y cruzaba el camino, apenas y me dedicó una mirada, siguió caminando a las profundidades oscuras del bosque donde se encontraría con la representación del dolor.
De esa manera volví a mi mundo, a mi realidad, traumatizado, con pesadillas, aún con visiones pero menos recurrentes y, antes de que se llegue el año y el camino me reclame, debo partir y terminar con esta maldición. 

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